Historia

Las terrazas del río Manzanares fueron para el hombre prehistórico escenario de una vida dura y corta en un clima hostil, determinada por la búsqueda del necesario sustento en la caza de los animales de una rica y variada fauna. Restos óseos de caballos, ciervos, bisontes, toros (especies de clima frío) prueban hoy, junto con hachas, arpones y puntas de flecha el paso de aquellos pueblos cazadores. Los depósitos de arena del Manzanares siguen ofreciendo al prehistoriador magníficos ejemplares de una cuidada industria lítica elaborada por el hombre cazador de las culturas paleolíticas o por el más evolucionado y sedentario que sucede a la revolución del neolítico.

Poco se sabe del origen de la villa. Sobre una primitiva población carpetana, de estirpe ibérica, se debieron de superponer una serie de elementos étnicos de origen celta, venidos del norte. Vivió casi inadvertida los siglos de la Hispania romana y los correspondientes al reino visigótico de Toledo.

Madrid comienza su historia en la época musulmana. En ese tiempo se fue forjando y nació su nombre, que proviene del cruce lingüístico de un topónimo mozárabe, formado sobre matrice, en el sentido de cauce de agua, más el sufijo –it, y otro compuesto por los árabes sobre mayrà, también referido a los conductos de agua, y el mismo sufijo –it. El subsuelo arenoso surcado por arroyos y los conductos subterráneos creados por los árabes parecen justificar la etimología. Son estos conductos para el abastecimiento de la ciudad los famosos “viajes de agua” que hasta hace pocos años sirvieron en su función. Esencialmente eran cuatro: el de la Fuente Castellana, el de la Alcubilla, el Alto Abroñigal y el Bajo Abroñigal.

Varias crónicas medievales hablan de la villa, como la de Ramiro II de León, que recuerda cómo el rey la cercó y batalló muchas veces contra los moros. También aparece en el relato de la expedición de Fernando I de Castilla. Pronto cayó en operaciones que condujeron a Alfonso VI a la conquista de Toledo. Repoblada por gentes venidas del norte, en especial por segovianos, se mantuvo como una comunidad de cristianos, judíos y musulmanes, dentro de un recinto amurallado que agrupaba unos barrios de pobres casas de adobe, algunas de ladrillo, en un dédalo de callejuelas estrechas. Alguna muestra de arquitectura mudéjar (torre de la iglesia de San Pedro) recuerda hoy el trabajo de alarifes musulmanes.

El Concejo madrileño nació y creció como un municipio libre, vinculado a la corona desde los tiempos de su conquistador Alfonso VI. Fue siempre una villa de realengo y varios fueros reales la confirmaron en esa situación, como el de 1123 o el Fuero Real de 1202. Su Concejo, constituido como conjunto de hombres libres que la gobernaban, buscó en el acercamiento al trono la seguridad de su independencia y la garantía de no ser enajenada y caer en la sumisión de un régimen señorial, aunque hubo excepciones.

Poco a poco se incorporó Madrid a la vida de Castilla. No solo aportó su municipio un servicio fiscal a la corona, sino también un servicio militar cuya prestación era un deber general para sus habitantes. Sus mesnadas destacaron con valor en varias acciones contra los reinos moros. En 1301 las Cortes castellanas se reunían por vez primera en la villa. Los monarcas de la dinastía Trastámara le mostraron singular afecto, sobre todo Enrique IV. En la villa se celebró su matrimonio con Isabel de Portugal, y en Madrid murió en 1474. La villa recibió de él los títulos de “muy noble” y “muy leal”.

Se acercaba por entonces Madrid a los 5.000 habitantes. Su muralla había experimentado varios ensanches y su alcázar se había ampliado. La puerta del Sol señalaba el punto más oriental del segundo recinto amurallado. En el siglo XV había llegado a ser un núcleo urbano de cierta importancia a pesar de las pérdidas sufridas en la gran inundación de 1434 y la peste que la siguió 4 años más tarde.

En el reinado de Carlos I, cuando las comunidades levantaban armas en varias ciudades de Castilla, Madrid se sumó al movimiento comunero, quizás condicionada por la influencia de Toledo o Segovia. Derribado el corregidor de Astudillo, la rebelión tomó bríos y contó con alguna figura notable, como Juan Negrete. La insurrección terminó en 1521 cuando el ejército real entró en la villa. A pesar de este hecho, Carlos I le otorgaría años después los títulos de “imperial” y “coronada”. En 1528, reunidas las Cortes en el monasterio de San Jerónimo, prestó ante ellas juramento como heredero del reino el futuro Felipe II.

En los primeros días de 1561, cuando la villa contaba con poco más de 30.000 habitantes, Felipe II instaló en ella su corte. Frente al europeísmo de la monarquía de Carlos I, su hijo la centraría en España y, más aún, en Castilla. Madrid es casi el centro geográfico de la península; a partir de entonces sería también el centro político de la monarquía.

La llegada de la corte trastornó su apacible discurrir histórico. La población creció aceleradamente: en 1563 había unas 2.520 casas; en 1574 eran más de 4.000; a finales del siglo XVI pasaban de las 7.000. El gran aparato burocrático de la corte necesitaba muchos servidores, pero también una nube de pretendientes y aventureros cayó sobre Madrid. La hermana del rey, Juana de Austria, fundó el monasterio de las Descalzas Reales, retiro luego de tantas mujeres de la casa de los Habsburgo. Nuevos hospitales, como el del Buen Suceso, en la Puerta del Sol, fundado por Carlos I en 1529, el General, en la calle de Atocha, creado por Felipe II, se ofrecían a los problemas sanitarios de la creciente población.

Felipe III fue el primer rey nacido en la villa, pero en 1601 llevó la corte a Valladolid. Solo cinto años estuvo allí hasta su regreso, ya definitivo, en 1606. En su reinado, Madrid alcanzó el límite de su crecimiento demográfico. Frailes, artistas, políticos y demás se establecieron en la villa, que sufrió también el éxodo campesino que estaba despoblando las tierras de la meseta. En la segunda mitad de siglo, sin embargo, sufrió los efectos de la despoblación comunes a toda Castilla.

La vida madrileña giraba en torno a la plaza Mayor, cuya sobria y elegante traza dispuso en 1617 Juan Gómez de Mora, aprovechando la ampliación de la antigua plaza del arrabal. Allí se reunía el pueblo para presenciar los vistosos festejos de toros o los torneos y juegos de cañas. Allí tuvieron amplio escenario las grandes celebraciones religiosas o los autos de fe, presididos por la familia real. Y en más de una ocasión se alzó el patíbulo para un reo de singular importancia, como el famoso Rodrigo Calderón.

El cambio dinástico producido a la muerte de Carlos II supuso también nuevos derroteros para la vida madrileña. Durante la guerra de Sucesión, Madrid tomó desde el primer momento partido por el príncipe francés y se apresuró a proclamar en sus calles a Felipe V. La casa de Borbón iba a traer muchas reformas a la villa, pues la ciudad no podía compararse con otras ciudades europeas como Londres o París. Con la destrucción del Alcázar en 1734, comenzó la construcción de uno de los palacios más hermosos de Europa, iniciado en 1737, y que fue habitado en 1766 por Carlos III. Arquitectos de la Real Hacienda y de la villa levantaron una cuidada planimetría de Madrid, numerando por vez primera sus casas, que en 1766 sumaban 7.049, repartidas en 557 manzanas, mientras que la población alcanzaba ya los 150.000 habitantes. El reinado de Carlos III, el mejor alcalde de Madrid, fue decisivo para la villa. Amplias perspectivas urbanas, como el Salón del Prado, con suntuosos edificios como la Real Casa de la Aduana y el Museo del Prado y adornado de bellas fuentes, como Neptuno y Cibeles, le dieron estampa de gran ciudad.

La invasión napoleónica y el reinado de José I trajeron a Madrid uno de los períodos más dramáticos de sus historia. Sin embargo, a pesar de todo, la reacción del pueblo el 2 de mayo de 1808 fue la mecha que encendió la guerra de la Independencia en España. Una vez expulsado el invasor, nació un Madrid diferente, el de las fondas, los teatros y los cafés. La vida del Madrid romántico se vio con frecuencia alterada por brotes revolucionarios o por pronunciamientos militares. La revolución de 1854 es la primera en la que participa como protagonista la masa popular, junto a burgueses y militares. Mientras, la ciudad cambiaba su fisionomía. En 1836 se trasladó la Universidad de Alcalá al edificio del Noviciado, en la calle de San Bernardo. En 1843 comenzaron las obras del Congreso, inaugurado por Isabel II en 1850. Ese mismo año, se inauguró la línea ferroviaria entre Madrid y Aranjuez, la segunda línea de España, y 8 años más tarde se creaba el Canal de Isabel II, que traía a Madrid las aguas del Lozoya. Además, aparecieron algunos barrios nuevos, como el organizado por el banquero Salamanca.

A finales del siglo XIX, con el reinado de Alfonso XII, la ciudad contaba ya con 400.000 habitantes y utilizaba un moderno medio de transporte, el tranvía, que desde Sol enlazaba con algunos de los barrios periféricos.

En 1912, y ante la librería San Martín de la Puerta del Sol, era asesinado el presidente del Consejo de Ministros, José Canalejas. La Primera Guerra Mundial añadía nuevos problemas a pesar de la neutralidad del país, y es que hubo muchos enfrentamientos internos. Los años después de la guerra fueron también duros. En 1921, junto a la Puerta de Alcalá, caía asesinado Eduardo Dato, que era entonces el jefe del Gobierno, y ese mismo año sufría España la terrible derrota marroquí de Annual.

Los años de dictadura de Primo de Rivera implantaron un orden público que hicieron posible la reconstrucción del país. Fueron años de prosperidad y Madrid supo aprovecharlos. En la Gran Vía y en la calle de Alcalá surgieron nuevos edificios: Telefónica, el Palacio de la Prensa, el de la Música, el Círculo de Bellas Artes. La red de metro, inaugurada en 1919, se extendió a todos los barrios de la ciudad. En 1930 la población alcanzaba el millón de habitantes y sus calles albergaban 36.000 vehículos. La crisis económica y política, a la que seguiría la tragedia de la Guerra Civil, no permitió el desarrollo de la villa, pero al acabar la guerra Madrid recomenzó su proceso de crecimiento demográfico y expansión urbanística, convirtiéndose en los últimos tiempos en una de las ciudades más evolucionadas de Europa.

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