Puerta del Sol

Puerta del Sol.jpg La Puerta del Sol es una encrucijada de calles, reina indiscutible del ajetreo madrileño, ombligo de España, lugar de paso obligado para quienes visiten Madrid. Aunque posiblemente sea más conocida por la celebración del Año Nuevo, una fiesta muy popular, aquí también ocurrieron otros acontecimientos que cambiaron la Historia.

En sus orígenes, esta puerta organizaba una importante red de caminos que luego se convirtieron en calles. Se conectaba así Madrid con otros núcleos urbanos y poblaciones, uniendo así los Jerónimos y el camino de Alcalá con el recinto del Alcázar y la Plaza Mayor, los caminos de Hortaleza y Fuencarral con la zona meridional, a través de las calles de Carretas y de la Cruz. Al construirse el Palacio del Buen Retiro durante el reinado de Felipe IV, el tráfico entre ambas residencias reales discurrió atravesando esta plaza.

En 1570, según los escritos de López de Hoyos, la puerta se derribó para permitir el ensanche de la villa. Desde entonces encontramos la Puerta del Sol convertida en plaza, como un espacio abierto. Con Carlos III se produjo un cambio importante en la fisionomía de la zona al construirse la Real Casa de Correos, edificio civil que equilibró el preponderante peso de la arquitectura religiosa en la antigua plaza. Cerca de él, al final de la calle de Alcalá, el edificio de la Real Aduana, construido por Sabatini en las antiguas Caballerizas de la Reina, se atrevió a asomar toda la modernidad de su época a la Puerta del Sol.

El reinado de Isabel II trajo consigo más reformas en la plaza. El entorno que hoy se puede recorrer es fruto de una importante reforma que se acometió entre 1854 y 1860. Los principales edificios de antaño desaparecieron. José Bonaparte quiso dotar a la plaza de un gran teatro, pero no tuvo tiempo ni de iniciar los derribos. Tras la desamortización de Mendizábal, algunos de los edificios característicos de la plaza desaparecieron, dejando amplios solares para la construcción de casas. En 1860 la plaza inauguró su nuevo aspecto, con edificios de gusto francés, grandes aceras para los kioscos, evacuatorios e incluso galerías, porticadas de hierro y cristal, fueron la admiración y sorpresa de madrileños y visitantes.

Con el paso de los años llegaron nuevos símbolos de modernidad a la plaza y a la ciudad. Primero fue el agua corriente gracias al Canal de Isabel II y la obra pública promovida por Bravo Murillo. Luego los tranvías de caballos, el telégrafo, los teléfonos, la iluminación de gas, la luz eléctrica, el metropolitano… Hoy, restauradas casi todas las fachadas de los edificios colindantes, la plaza rebosa vida cada día, llena de turistas y madrileños que establecen esta céntrica plaza como punto de reunión.

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